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La importancia de la muerte y sus ritos: Tulcán nos recordó vivir

La parada obligada y que no me dejó olvidar mi mamá, la primera, fue Tulcán. Llegamos ya en la
tardecita y de antojada me comí un champús (que no es el mismo que en Colombia y parece más bien una mazamorra).
Llegamos al tan nombrado cementerio, y me emocioné. Me imagino que acompañar a "su última morada", y que sea ésta  un lugar tan bonito, debe causar algo de sosiego.
Es una obra de arte constante el estar retocando los arbustos y guardando los verdes, para que visitantes podamos disfrutar de tremendo espectáculo.
Pero aunque los pinos de formas pueden parecer el mayor atractivo de este cementerio, tiene otros que no se deben despreciar. Esta dividido por secciones: bebés, padres, mujeres, zapateros, bomberos, contadores, etc. Por otro lado, la conexión se vio muy fuerte con sus muertos, mucha gente cuidando de la tumba de sus familiares, y muy pocas de ellas se veían descuidadas o abandonadas. No sé si vieron la película del "Árbol de la vida", pero me recordó esa bonita relación, esa decisión de no olvidar a los antepasados, esa inversión de tiempo en aquellos que ya no están.
Lo siguiente que me llamó mucho la atención era la cantidad de frases referentes a la muerte... como la de "Una vez terminado el juego el rey y el peón vuelven a la misma caja". Esta cercanía con la muerte que es lo que nos pone en contacto con la vida, y es que sin entender que la muerte existe, tampoco entendemos que la vida, esa cosa que nos pasa todos los días y a toda hora, es una cosa maravillosa y digna de toda nuestra alegría y atención, esa vida que a veces pasa tan desapercibida entre madrugadas, oficinas, trancones, y en general cualquier tipo de rutina (necesaria a veces, pero también resulta necesario romper con ella).
Hay también que observar el increíble paisaje alrededor, de retazos de prado, y la entrada está construida con panel transparente por el que corre agua, como llamando a la tranquilidad. Un verdadero lugar apacible.
Para descansar un poco del viaje largo, y como una manera homenaje al hermoso lugar, toqué un ratito el ukulele (con las 4 canciones que me sé), y fue el nuevo aire para continuar.
Volvimos al lugar de donde salen los buses y recogimos las maletas (sí, es imposible andar con ese paso para todo lado, entonces lo dejamos en uno de esos sitios de sauna y "algo más", donde
nos las guardaron los mozos por una propina)... pero aquí mismo empezamos a sufrir, hay cierto tratos que empezamos a notar que no teníamos en Pasto, una frialdad, una tosquedad en algunos casos, y lo que siempre hace difícil la comunicación entre latinos: los acentos.
Tomamos el bus hacia Ibarra y pedimos algunos consejos de dónde podíamos quedarnos a pernoctar.


Nos dejaron a media cuadra de dos hoteles, con la noche ya oscura y el cansancio de un día de viaje.
Ibarra, la ciudad blanca de Ecuador tenía en las cercanías solo dos hoteles, con una diferencia de casi diez dólares (nos quedamos, a nuestro pesar, en el más barato de los dos). El hostal Paraíso resultó ser un lugar muy parecido a la vecindad, pero sus dueños eran bastante amables por lo que decidimos quedarnos.
Lo siguiente en la lista era buscar un sitio para comer. Por lo que fuimos a los sitios cercanos, encontrando una diferencia grandísima en presupuesto (alrededor de 7 dólares en los platos más simples). Nos aventuramos a caminar un poco más hasta el centro, bastante concurrido en la noche.
Un restaurante mexicano nos llamó la atención, y de una vez fuimos atendidos por unos chicos venezolanos, lo cual terminó de redondear el panorama latinoamericano. Colombianos en Ecuador comen en un restaurante mexicano atendidos por venezolanos. Comimos bien y barato por 4 dólares (para irnos acostumbrando de a poco a los nuevos precios con nuestra devaluada moneda), y escuchamos a los vecinos de país, bastante tristes por su situación, y que estaban buscando hacer algo de dinero para llevar a sus familias con ellos. Uno de ellos nos contó de su esposa y su hijo, y de que otros venezolanos solteros se habían aventurado antes y una vez que tuvieron las condiciones listas, con todo y trabajo, lo llamaron. Un viaje largo por Colombia hasta que llegó ahí, a Ibarra, a un lugar al que seguramente nunca pensó llegar.
Y aunque hablaba de lo mucho que extrañaba a su esposa, me reía al ver la marca de un moretón en el cuello que atestiguaba que tampoco perdía su tiempo y su pinta de venezolano bonito.
Luego salimos a pasear un poco por las calles, conocer la actividad nocturna del lugar, y terminamos entrando en uno de los sitios más comunes en Ecuador: un karaoke. ¡Wow! Los ecuatorianos parecen amar el karaoke, hay uno en cada esquina de Ibarra (y de otros lugares de Ecuador). Igual no me animé a cantar, solo estábamos buscando hacer un poco más de tiempo para esquivar la realidad de tener que volver a la vecindad.
Afortunadamente la llegada me tomó tan cansada que me dormí de una vez, y no fue hasta el otro que día que me di cuenta de que todo tenía un fuerte olor a humedad. Teníamos que alistarnos pronto y salir de ahí, ir a ver si había otro lugar en el centro de Ibarra donde pudiéramos quedarnos.
Paramos un taxi y le solicitamos que nos diera un pequeño tour por la ciudad, pero el taxista decidió detenerse. Ibarra no era un buen lugar para ser visitado en fin se semana, nos dijo, todo estaba cerrado. Las ruinas que quedaban cerca no estaban preparadas para ninguna clase de visitantes, y además del centro con la iglesia no había nada. Además de la cercana laguna de Yahuarcocha no había nada. Eso nos dijo. Nada.
Nos bajamos un poco desilusionados y empezamos a caminar el centro de día, el "nada". ¿Qué será ese pesimismo o esa falta de sentimiento propio? No sé si uno dude tanto cuando le preguntan qué ver en Bogotá... el nada nos llevó por las calles a un hermoso museo con representaciones modernas, cuadros clásicos de ecuatorianos, una exposición de raíces afro e incluso una colección de los afiches que ilustradores de todo el mundo que realizaron diseños para afiches, que serían comprados por 20 dólares y así apoyar a las víctimas del reciente terremoto que afectó la costa ecuatoriana.
Encontramos un parque adicional (eso sí, vacío por el fin de semana), pero casi todo vestido de blanco, con estructuras maravillosas, con arquitecturas clásicas, y esa combinación de técnicas tan representativas de nosotros, los latinos.
Sí, decidimos ni siquiera buscar otro lugar para quedarnos, nos iríamos ese mismo día a Otavalo, pero logramos convertir el nada en un mucho, en un más que suficiente, en un pueblo pequeño pero hermoso, sí, con gente un poco tosca, pero nada que no hiciera parte del viaje. Una nueva cultura, un nuevo destino.






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